jueves, 21 de noviembre de 2013

Familia y poder

Ha habido visionarios que han alertado de la perversión que la institución de la familia representa.
La jerarquía y el orden dentro de la familia serían el origen de una jerarquía y orden ilegítimos en la administración política de la sociedad. A pesar de que la democracia viene a paliar este autoritarismo, todos estamos más o menos de acuerdo en que en casi todas las sociedades se han impuesto regímenes con suficientes mecanismos de control (cada vez más sutiles) como para permitir un estancamiento del poder que termina desembocando en injusticia y desigualdades hasta que la cosa revienta y el ciclo vuelve a repetirse.
Está claro que hay una analogía entre familia y estado en cuanto a que en ambas hay una jerarquía, pero hay una diferencia abismal. En la familia, el niño necesita de sus padres y debe obedecerlos hasta que llega el momento en que esta autoridad se termina. El niño se hace hombre y ya no tiene que obedecer más. Ocurre de manera natural y con mayor o menor trauma, pero en la mayoría de los casos la sangre no llega al río.
En los regímenes polítcos, esta independencia es más compleja y traumática, y por lo visto a lo largo de la historia ocurre cada cierto tiempo en forma de una revolución en la que los culpables son castigados de una u otra manera (ya sea guillotinados, encarcelados, exiliados o repudiados).
La defensa de los valores familiares se ha asociado normalmente con políticas conservadoras, perpetuadoras de sociedades clasistas y aliadas de la religión. Hay muchos reaccionarios que se han revelado contra la religión, no sin motivos. Pero a cambio han llevado la bandera del carpe diem y renunciado y perseguido a la espiritualidad con la prepotencia del ignorante que cree saberlo todo. Y es entonces cuando dan cabida a estilos de vida basados en el consumismo y el cinismo.
El estado moderno ya no se preocupa de defender los valores familiares porque eso está “mu” antiguo. No es noticia en los telediarios que jóvenes menores de edad beban en las calles (o mayores de edad, pero jóvenes inmaduros), o en los bares, y váyase a saber qué más, con quién, y a cambio de qué. Esto ocurre tan a menudo, que no hace falta recordarlo ni sube la audiencia de los telediarios. En su lugar, nos borbandean con hechos puntuales llenos de morbo o con noticias políticas llenas de confusión y catastrofismo. Ya no somos dueños de nuestros miedos.
Que los jóvenes salgan y se diviertan es lo normal. Que los menores beban no es legal, pero se hace la vista gorda porque hay problemas más graves y al fin y al cabo no es la primera generación que se ha peleado con sus padres por este motivo. Tienen derecho a cometer los mismos errores y sus padres tienen muchos problemas como para enfrentarse a sus hijos y convencerles de algo que ellos en su día tampoco aceptaron.
No se pierde el tiempo en reclamar que se vigile lo que los adolescentes hacen por ahí los fines de semana pues parece ser que el origen de todos los males se llama político y banqueros y no la conciencia.
La gente se une en manifestaciones millonarias para pedirles por favor a los políticos que sean buenos mientras que los valores familiares son cosas de catoliquitos que están aliados con los poderosos.
Y este es el estado de ceguera y borreguismo en el que vivimos. En lugar de apagar la tele y hablar y ser amigos de nuestros hijos, pedimos a los demonios y bufones que nos gobiernan que arreglen las cosas mientras se ríen unos y no se enteran de la misa la mitad otros, y se apoderan de la mercancía más valiosa que tenemos.