domingo, 30 de septiembre de 2012

Dicen que es como una diabetes.

La medicación tiene efectos secundarios a corto y a largo plazo. Está claro que cada medicamento tiene efectos secundarios diferentes, pero a grandes rasgos estos son algunos efectos: a corto plazo, es decir, mientras dura el tratamiento, y especialmente al principio, los diferentes medicamentos producen efectos como sequedad de boca, relajación muscular, somnolencia, dificultad para hablar (se arrastran las palabras), mareos, perdida de equilibrio, aumento de peso... Con el tiempo, algunos de estos efectos desaparecen. A medio o largo plazo, los diferentes medicamentos parecen haber causado problemas serios de salud. El litio provoca tiroides, y la mayoría de antipsicóticos problemas en el hígado y de bajo recuento de leucocitos. Claro está que estos son los síntomas que la industria farmaceútica ha encontrado, pero la verdad es que aparecen nuevos medicamentos continuamente, y los efectos a largo plazo son imposibles de concocer. Lo gracioso es que según los psiquiatras, determinadas “enfermedades mentales” (la mayoría) son crónicas y la comparan con la diabetes. Ésa es la frase favorita que se dice a “enfermos” y familiares “Es una enfermedad crónica como la diabetes, necesitas tu medicación”; (...hasta que te mueras, unas veces unas pastillas y otras
otras) y por tanto el “enfermo” tiene que convivir con efectos secundarios que aún no se conocen pero que se quieren conocer (con ellos).

Al ser tratamientos a largo plazo con drogas (porque son drogas, y así lo definen los propios psiquiatras en el fuero interno) que afectan al cerebro, algunos producen tolerancia, es decir, cada vez se necesita más para que sean efectivos (por eso a veces hay que cambiarlos; y esto es otro tema); y por supuesto síndrome de abstinencia. Cuando se deja la medicación (en concreto seroquel) sientes nauseas, insomnio, pensamiento acelerado; aunque esto depende de cada persona; y circunstancia; por supuesto. Al considerar que la enfermedad mental es de origen biológico y tratable de la misma manera que una diabetes, estamos subestimando al cerebro humano. Descubrir cómo funciona el cerebro humano es un reto, y la complejidad del cerebro humano es infinitamente mayor que la del pancreas. Estamos hartos de escuchar que el cerebro humano es un gran enigma; y sin embargo los psiquiatras parece tener muy claro que el origen de la enfermedad mental es básicamente biológico, pero no lo llaman enfermedad del cerebro (esto quizás sería demasiado atrevido). Es innegable que en los último años han habido avances importantes en técnicas de imagen (resonancia magnética funcional, PET o TAC). Según los estudios de los psiquiatras (financiados por las farmaceúticas en su mayoría; o por los estados) estos métodos de imagen muestran que el origen de la enfermedad es biológico. También se basan en lo antecedentes familiares. Vayamos por partes. En el caso de las técnicas de imagen afirman que los cerebros de esquizofrénicos o bipolares (o cualquier otro “enfermo mental” que se preste) presentan determinados patrones de funcionamiento. La validez de este argumento apenas se sostiene con un soplido. Primero: suelen ser estudios con muestras muy pequeñas, debido al coste y el tiempo necesario. Segundo: la resolución de estas técnicas de imagen sigue siendo muy limitada. Tercero:
los “enfermos” toman medicación y sufren (¿no será que la medicación y el sufrimiento influye en los resultados?). Cuarto: En estos casos, la tendencia es a encontrar lo que se quiere buscar. La competitividad por presentar publicaciones de impacto es muy grande y sería una pena malgastar tanto tiempo y dinero.
En cuanto al argumento de los antecedentes familiares, el nuevo “enfermo” va ya con la etiqueta de serie; es decir, la familia es una familia ya adoctrinada, con la lección aprendida y ante cualquier crisis de ansiedad o comportamiento alocado del nuevo “enfermo” la familia estará bien alerta. En el caso de hermanos, la relación es incluso más refutable ya que con gran probabilidad ambos han padecido tensiones familiares y ambientales en general similares; argumento que igualmente se puede aplicar a padres e hijos por no hablar del trauma adicional que para el nuevo “enfermo” supone haber podido ser testigo del trauma del anterior, ya sea en su fase aguda o en la tesión que permanece latente.

En cualquier caso, cualquier estudio psiquiátrico estará siempre bajo la presión de quien paga, y las
farmaceúticas son muy solventes. Pero es que decir que la “enfermedad mental” es como una diabetes es más que esto. Es engañar al paciente no sólo en cuanto a la “ciencia” que justifica el diagnóstico, sino también en cuanto a las consecuencias de una y otra enfermedad. No se puede comparar las consecuencias sobre la vida de un enfermo del pancreas con las de un “enfermo mental”. Ambos padecen, por supuesto, pero de  maneras incomparables.

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