domingo, 4 de marzo de 2012

Sanación. El derecho a volverse loco.

Para una persona que ha sido diagnosticada con con una "enfermedad mental", la "sanación" llega cuando encuentra a otra persona o personas que crean que no está "enfermo". No que crea que no está loco, porque estar loco es un halago, pero los psiquiatras han invertido las connotaciones de ambos términos.

Mientras todo el mundo alrededor piense que lo estás, y no comprenda lo que has tenido que soportar injustamente, la sanación es imposible, tal y como pretenden los psiquitras que califican las "enfermedades mentales" como crónicas.

Te ves condenado a lamentarte por el estigma y sientes una gran inseguridad en ti mismo, que es percibida  rápidamente por quienes te rodean, complicando la convivencia de manera natural. Algunas veces sientes  que los demás son unos insensibles que no aceptan la locura, o la "enfermedad"; porque la realidad es que la gente acepta y admira más al loco que al "enfermo mental". Los que sí que te aceptan como "enfermo mental" se convierten sin saberlo, y a pesar de toda su buena voluntad, en cómplices del sistema, y te acusarán de irresponsable si dejas el tratamiento.

Lo más doloroso es que es la familia la que más miedo tiene y la que más te presiona a seguir el tramiento. Los que más te quieren han sido inocentemente cómplices de tu sufrimiento.

En situaciones de crisis, cuando hay dependecia económica de los familiares, la desesperación es de una  magnitud máxima. Te ves obligado a tomar la medicación, unas pautas de vida (acostarte temprano debido al cansancio que provocan los fármacos, no tener ganas de disfrutar, no salir hasta tarde y ni se te ocurra tomar una copa) y unos miedos  y tensiones familiares ante cualquier manifestación espontánea de felicidad. La familia, además, suele tener el "apoyo" de los psiquiatras, a los que relatan estos comportamiento del "enfermo", siempre desde su punto de vista completamente parcial por supuesto. 


Es curioso que en los manuales de psiquiatría se insista en la importancia de contar con los testimonios de la familia, que es su mejor aliada para controlar al "enfermo". El "enfermo" llega a sentir que le falta el aire ante tanta incomprensión.

Las actuaciones extravagantes del "enfermo" en momentos de desesperación son el aliado perfecto de los psiquiatras, que consideran imprescindibles e incluso a veces incuestionables sus métodos  (medicación y en ocasiones internamientos forzosos).

A partir de entonces, cualquier cosa que haga o diga el "enfermo mental" es utilizada en su contra y los psiquiatras se alían con la familia, que inocentemente piensa que su ser querido está en buenas manos. Cualquier resultado del nefasto tramiento (depresión, angustia, sentimientos de desesperación e incluso de desear morir) es para los psiquiatras un síntoma de la "enfermedad".

En definitiva, la "sanación" requiere aceptación, pero no de la "enfermedad", sino de la sociedad. Aceptar que las crisis nerviosas son fruto de la desesperación y que la ayuda que actualmente existe no hace más que empeorar la situación de la persona. Todos deberíamos tener derecho a descubrir  nuestro verdadero yo siempre que respetemos a los demás (incluso los que no respetan a los demás corren en muchas ocasiones mejor suerte que los que lo hacemos) y nadie tiene derecho a ayudarnos  si no lo pedimos y mucho menos a engañarnos.


Los "enfermos mentales" tenemos derecho a volvernos loco.