martes, 22 de marzo de 2011

Mi historia (parte I)

Yo tenía 17 años y era un chico tímido, estudioso y responsable. Sacaba las mejores notas y aunque mi vida social no era todo lo satisfactoria que yo desearía, tenía mi grupo de amigos en el instituto y no me sentía un bicho raro. Confiaba en que con el tiempo, en la universidad, mi timidez iría desapareciendo y disfrutaba con la compañía de mis compañeros.

Durante el último curso empecé a escuchar música que me llenaba de optimismo y a leer libros que me abrieron la mente. Además, gané un premio que se da a los mejores estudiantes de la provincia. Ya en el pasado había tenido momentos de entusiasmo, pero en esta ocasión sentí una gran vitalidad. Me sentí liberado al haber demostrado que era un magnífico estudiante y estaba a las puertas de la universidad.

Jugaba al fútbol con compañeros y amigos y lo hacía mejor que nunca. Pensé que con esta vitalidad física y mental era capaz de ser futbolista profesional. Hoy día sigo pensando que esta sensación no era ficticia. La gente tiende a mitificar las cualidades de los futbolistas profesionales (especialmente de la mediocre mayoría que parecen ser figurantes para resaltar a los realmente buenos y justificar sus costes, pero ése es otro tema). El caso es que yo sentía que podía ser realmente bueno y hoy sigo estando convencido de que en aquel momento y en otros en los que he sentido tanta energía e inspiración no tendría problemas para jugar al nivel de los mejores. Lógicamente se puede discutir que estas sensaciones fueran o no realistas y que ese nivel de energía podría mantenerse o canalizarse de alguna manera, así como otros factores como la "suerte" que hacen falta para llegar a profesional.

En las clases me volví muy participativo y hacía reír a profesores y a compañeros con mis intervenciones. Es increíble el poder de seducción que se alcanza en estas situaciones. Pero tenía 17 años y cada vez quería más. Me metí en unos grandes almacenes y robé libros. En los grandes almacenes no me descubrieron, pero se lo conté a todos mis compañeros alardeando de mi habilidad mientras repartía libros a diestro y siniestro. Me sentía el centro de atención. Había pasado de ser el chico tímido, serio y responsable a ser el más popular del instituto. Incluso cambié mi forma de vestir. Me atreví a regalar una flor y un libro a la chica más popular.

Cualquier psiquiatra o entendido que lea esta historia habrá identificado al menos media docena de síntomas de enfermedad mental. Cualquier persona que tenga la suerte de no haberse cruzado nunca con un psiquiatra o que no haya leído nunca la lista de síntomas de una "enfermedad mental" pensará que era un chico de 17 años con los humos subidos y que necesitaba una lección para volver a poner los pies en la tierra.  Una lección, un castigo,...

Cuando mi tutor se enteró de que había robado libros, se reunió conmigo para pedirme explicaciones. Era y es una maravillosa persona. Me advirtió de que lo que hacía no estaba bien mientras dialogábamos y nos reíamos al explicarle mis sensasiones. A continuación me reuní con el enfermero del instituto. Éste, después de hablar, reírse también con mis ocurrencias y decirme "¡...qué tío más cojonudo...!" me preguntó si habia tomado drogas (cosa que nunca he hecho) y me aconsejó que lo mejor que podía hacer era ir a urgencias a hablar con un psiquiatra. Fatídico momento en mi vida aquél en que acepté, aunque probablemente ya estaba condenado. Llamaron a mi madre y fuimos a ver al psiquiatra. Los acontecimientos me desbordaban. Empezaba a estar en una nube y pensaba que los médicos descubrirían mi potencial y me ayudarían a canalizar mi energía (menudo pardillo estaba hecho). Le conté al médico de guardia todo lo que sentía y mi convicción de que me sentía capaz de ser futbolista profesional. El médico me pidió calma y me prescribió zyprexa. Estuve durmiendo 12 horas.

Cuando llegaron los exámenes no podía concentrarme. Era incapaz de leer. Me invadió la angustia y me deprimí. Mis padres al verme en ese estado me llevaron a un médico privado que me recetó un antidepresivo. Volví a estar eufórico pero me estabilicé.

Un día, estando en clase tranquilamente, el conserje entró y me pidió que saliera. Al parecer tenía una cita con el médico de la seguridad social de la que yo no tenía ni idea. Mis padres me llevaron al médico y en el camino tuve una discusión con mi padre. Yo le decía que quería empezar a jugar al fútbol. Pasamos juno a un aparcacoches (un gorrilla) y mi padre (una persona con poco tacto) me preguntó si yo quería acabar así. Esto me llenó de indiganación y cogiendo a mi padre por el cuello de la camisa le pregunté si ésa era la forma en que quería ayudarme.

Yo salí corriendo y en lugar de ir al médico al que me llevaban me metí en urgencias (sin tener ni idea, me estaba metiendo en la boca del lobo). En urgencias me atendieron y me dijeron que lo mejor era que me quedara con ellos. Yo no entendía a qué venía eso. ¿No era más acertado hablar con mis padres y conmigo a la vez y tratar de superar el calentón y reconciliarnos? No. La solución consistió en obligarme a internarme a la fuerza. Con cuatro hombres entre celadores y enfermeros sujetándome, amarrándome a una cama y poniéndome una inyección. Entre chillidos y lágrimas les decía: "Os voy a denunciar a todos" y ellos me retaban a que lo hiciera. Nunca olvidaré sus caras. Ahora sé que habría que denunciar a todo el sistema médico y farmaceútico para hacer justicia. Tenía 17 años (1997).

Estuve encerrado dos meses. Me dieron un cocktel de pastillas: zyprexa, haloperidol, akinetón y más que no sé cuáles eran. Estar ahí dentro debe ser peor que estar en una cárcel. Allí no había patio, algunos enfermos entraban a robar en las habitaciones de otros (una radio, tabaco, dinero...), había peleas... Vamos, un ambiente ideal para un "enfermo mental". Cuando me desesperaba gritaba y pedía que me dejasen salir. Cuando se cansaban de oírme me ataban a la cama. Ése sitio da asco. En tal situación, la única salida es convercerte a ti mismo de que el médico es tu amigo y tu salvador. De hecho, no me dejaron salir hasta que comprobaron que estaba convencido de que esto era así y era dócil. Era una inquisición. Mis familiares venían a visitarme sonrientes, felices, tranquilos de verme allí. Parece increíble, pero ellos estaban felices de verme bajo control. No piensan que lo estuviera pasando mal ahí dentro. Hacían y hacen oídos sordos cada vez que les cuento el infierno que es ese lugar.

Cuando salí, entré en una depresión que duró año y medio. Perdí el curso. Mi madre estaba encantada de tenerme en casa todo el día durmiendo o viendo la televisión. Engordé 30 kilos y mi moral estaba por los suelos. Aún así seguía confiando en mi psiquiatra. Él me aseguraba que no pudo hacer nada para evitar que me hospitalizaran, a pesar de que su enfermera estuvo presente en el momento en que me ingresaron. Inocentemente, hacía todo lo posible por creerle. Siempre ha tratado de halagarme, diciéndome lo inteligente que soy.

Desde entonces he tenido recuperaciones y recaídas. Cada vez que he sentido esta vitalidad, mi familia se ha puesto histérica y de una u otra forma ese nerviosismo me ha llevado a dos episodios más de situaciones límites en las que me he visto en la calle perseguido por una ambulancia y he sido seducido para ir a urgencias donde me han ingresado a la fuerza.

En la actualidad vivo solo y siento un poco más de tranquilidad. Aún así, cada vez que voy a casa de mis padres tengo que soportar a mi madre insistiendo en que tome la medicación. Es increíble la fe que ellos tienen en el tratamiento y la poca fe que tienen en mí. Ellos se sienten fascinados por cualquier psiquiatra. Son personas con pocos estudios y fáciles de manipular por los médicos.

Yo terminé la carrera de física y como científico me parece sorprendente que los psiquiatras traten con medicamentos las "enfermedades mentales" y sostengan que son enfermedades genéticas o disfunciones fisiológicas cuando los diagnósticos se hacen a ojo y se basan en comportamientos que se consideran anómalos. Se prescriben medicamentos cuyos ensayos son de dificil fiabilidad ya que los efectos secundarios son tan evidentes que no se puede hablar de ensayos a doble ciego.

Es fácil sospechar que al igual que detrás de cualquier otro tratamiento médico hay intereses económicos detrás de la práctica de los psiquiatras. Y más en psiquiatría, donde la medicación es muy costosa (la mayor parte la paga la seguridad social). Es negligente que no existan tratamientos psicoterapeúticos alternativos a la medicación pagados por la seguridad social, a parte de las terapias de grupo dirigidas por los propios psiquiatras donde los debates suelen centrarse en la importancia de la medicación y se censura cualquier opinión contraria.

En fin, que la psiquiatría en mi opinión es un mecanismo de hacer dinero y de controlar a los individuos que se atreven a pensar o a actuar de manera diferente aunque no hagan daño a nadie ni incumplan ninguna ley (a parte de robar libros con 17 años).


Sigue en Mi Historia (parte II)